Posteado por: disimulando | marzo 10, 2011

El arte ¡Qué cosa más chusca! (2)

“Señores, existen sobre la tierra ambientes menos o más ridículos, menos o más infamantes, vergonzosos y humillantes, y asimismo la cantidad de estupidez no es igual en todas partes. Así, por ejemplo, el medio de los peluqueros me parece, a primera vista, más sujeto a la tontería que el medio de los zapateros. Pero lo que sucede en el medio artístico del orbe supera todos los récords de la estupidez y la infamia, hasta tal punto que un hombre normalmente decente y equilibrado no puede dejar de inclinar su rostro, inundado por el sudor de la vergüenza, frente a esas orgías infantiles y pretenciosas. (…) ¿Qué es, en realidad, lo que se imagina aquel que, en nuestros tiempos, siente la vocación de la pluma, del pincel o del clarinete? Él, ante todo, quiere ser artista. Quiere crear arte. Anhela, entonces, con la belleza, la bondad y la verdad, alimentarse a sí mismo y a sus conciudadanos, se propone ser vate, bardo, sacerdote y regalarse en su ser a los demás, quemarse en el altar de lo sublime, procurando a la humanidad ese maná celestial tan deseado. Además quiere dedicar su talento al servicio de la idea, y quizá conducir a la humanidad o a la nación al mejor futuro. ¡Qué fines más nobles! ¡Qué magníficos propósitos! ¿No eran tales, acaso, los fines y propósitos de Shakespeare, Goethe, Beethoven o Chopin? Aquí está el caso, sin embargo, de que vosotros no sois Chopines ni Shakespeares, sino a lo mejor, semi-Shakespeare y cuartos de Chopin (¡Oh, malditas partes!) y, por consiguiente, esa actitud sólo destaca vuestra triste inferioridad e insuficiencia, y parecería como si quisierais saltar por fuerza al pedestal, rompiéndoos en torpes saltos vuestras partes del cuerpo más preciosas.
Creedme: existe una gran diferencia entre el artista que ya se ha realizado y aquella muchedumbre infinita de semiartistas y cuartos de bardo que se empeñan en realizarse. (…) ¿En qué, pues, consiste la situación del escritor secundario, sino en un solo y gran repudio? El primer y despiadado repudio se lo aplica el lector común, que terminantemente te niega a gozar de sus obras. El segundo e infame repudio se lo aplica su propia realidad, que él no supo expresar, siendo copiador e imitador de los maestros. Pero el tercer repudio y puntapié, el más infamante de todos, le viene de parte del Arte, en el que quiso refugiarse, y el cual lo desprecia por incapaz e insuficiente. Y esto ya colma la medida del oprobio. Aquí comienza la completa orfandad. Esto ocasiona que el secundario se convierta en objeto de una burla general, bajo el fuego graneado del repudio. En verdad ¿qué se puede esperar de un hombre repudiado tres veces y cada vez con más oprobio? ¿Acaso un hombre así acabado no debería desaparecer, esconderse en alguna parte para que no se le viera? ¿Acaso la insuficiencia, desfilante en pleno día, ansiosa de honores, no debe provocar hipo al universo?
Pero antes contestadme si, según vuestra opinión, las peras de agua son mejores y más jugosas que las peras de tierra, o si más bien estáis inclinados a conceder la primacía a éstas sobre aquéllas. ¡Oprobio, oprobio, señores; oprobio, oprobio, oprobio! No, no soy filósofo ni teórico, no; yo hablo de vosotros, me refiero a vuestra vida; comprendedlo, a mí me duele sólo vuestra situación personal. (…) Ante todo, romped de una vez con esa palabra: Arte, y también con esa otra: artista. Dejaos de hundiros en esas palabras que repetís con la monotonía de la eternidad. ¿No será cierto que cada uno es artista? ¿No será que la humanidad crea el Arte no sólo sobre el papel y la tela, sino en cada momento de la vida cotidiana? Cuando la doncella se pone una rosa, cuando en una charla amena se nos escapa un chiste jocoso, cuando alguien se confía al crepúsculo, todo eso no es otra cosa sino Arte. Para qué, entonces, esa división tremenda: Ah, yo soy artista, yo creo el Arte, si más conveniente sería decir, con sencillez: Yo, quizá, me ocupo del Arte un poco más que otras personas. Y, en segundo lugar ¿por qué ese culto, esa admiración para ese solo arte que se expresa en lo que llamamos “obras”? ¿De dónde sacasteis esa ingenuidad de que el hombre admira tanto las obras del Arte y nos desmayamos y morimos de pasmo escuchando una sinfonía de Beethoven? ¿Nunca os vino a la cabeza cuán impura, mezclada y agudamente inmadura es esta región de la cultura, región que queréis encerrar en vuestra fraseología simplista?”

Ferdydurke. Witold Gombrowicz


Responses

  1. Es buenísimo este artículo. Yo quisiera ser diez gramos de Flaubert. No me considero artista, ahora bien, creo que a veces me ocupo del Arte más que otra gente porque estoy muy en contacto con él, y no sólo porque lo explico, sino porque lo admiro, lo siento, lo amo… en definitva, me sigue emocionando. (off the record, qué bien dormimos anoche)

  2. Parece un artículo, pero es de una novela, muy divertida.

    (¿como que off the record?? IN IN)


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