Posteado por: Pacolomo | octubre 9, 2008

La historia de la monja (cuento colectivo)

La sotana le daba calor, era el maldito tiempo, el pegajoso calor de julio. Pero tenía que estar allí durante las fiestas de la patrona, su devoción a Santa Ana era de autentico fervor. Todo el pueblo estaba en las calles con su patrona, mientras la gente se agolpaba haciendo procesión, la silueta de la monja se desplazaba entre la multitud, oculta en su luto constante. Santa Ana es una ciudad principal de la zona occidental  de El Salvador y  sede de la Diócesis donde la madre Carmela tenía su convento en Coatepeque , un pequeño municipio cercano.

Pero este día de intenso calor, la madre Carmela se había desplazado a la ciudad, donde tenía que hacer unas gestiones urgentes. Escondido bajo su falda,  llevaba el pasaporte y nerviosa se disponía a entrar en las oficinas del Obispado. Conocía bien a  una hermana que le iba a hacer un favor , enviar un correo electrónico; de él dependía su vida…..


Responses

  1. El señor que la atendió en la oficina no ofrecía mucha confianza. Carmela miró al techo, agarró fuerte su rosario con una mano, con la otra hizo un gesto de acariciar el pasaporte, más que de sacarlo de donde lo llevaba escondido. Decidió primero tantear el terreno.
    – ¿El padre Paul? por favor, dijo muy decidida y ocultanto un pequeño hilo de voz titubeante.
    – ¿De parte de? preguntó el ojerizo empleado.
    -Soy la madre Carmela, de Totana, España.
    No se dirigió a ella para decirle espere un momento, en seguida vuelvo. Mejor así, ella sólo quería dar las explicaciones necesarias. Y sería a Paul Smith, ahora padre Paul. ¿Cómo estaria después de tantos años? No podía negarse a concederle lo que le iba a pedir, después de todo, tanto en común. Se hizo la señal de la cruz, emitió un suspiro de alivio y cerró los ojos recordando.

  2. con tanto ave maría me pierdo.

  3. En el corto espacio de tiempo en que el señor ojerizo la privó de su presencia, su memoria dejó paso a recuerdos un tanto intermitentes, pequeños flashes que no era la primera que se colaban sin permiso…el día en que le acarició el pelo…su nombre pronunciado desde el tejado de la casa a medio construir…el fortuito encuentro en la cafetería de la calle San Antonio…Pocos más, porque el ojerizo señor apareció antes de lo previsto y portando en la mano una cartera de cuero negro, algo desgastada.
    -Lo siento madre Carmela, parece ser que ha salido y además dejando su cartera…no lo entiendo…él nunca la olvida.
    -Si no le importa, le espero. Pensándolo mejor…voy a hacer unos recados en el pueblo y más tarde vuelvo. Y con paso cansado salió, no sin antes despedirse. Nunca se olvida, nunca se olvida, se decía. Olvida mucho y rápido.

  4. Salió ella también de aquel lugar. Más trastornada que confusa. Muchas cosas parecía que habían cambiado desde que no veía a Paul. Ella tampoco era la misma. Aquella decisión de dedicarse a Dios, exclusivamente, la había tomado súbitamente. Sin mucha meditación. Sólo quiero ser la esposa de Dios, ningún otro hombre en mi vida. Y hasta ahora creía haber tomado la decisión correcta. Sólo había dudado cuando llegó aquella carta desde España, concretamente desde Totana, su pueblo. ´¿Cuánto tiempo había pasado desde que pisó sus calles por última vez? No quería recordar. No le hacía bien. Ahora debía retornar a la embajada. El padre Paul la orientaría.


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